lunes, 22 de diciembre de 2008

El vuelco de la razón: sobre las revoluciones, independencias y rebeliones de fines del XVIII y principios del XIX. Walter Mignolo.




1.- Las llamadas “revoluciones” y a veces “independencias” que sacudieron a América y al mundo del Atlántico (desde España y Portugal hasta Francia, Alemania e Inglaterra), fueron en realidad revoluciones e independencias post-coloniales. Post-coloniales en sentido literal: instauraron órdenes políticos y económicos sobre las ruinas de las colonias ibéricas y británicas. No podría decirse en cambio que la Revolución Gloriosa, en Inglaterra o la Revolución Francesa, su país homónimo, fueron revoluciones post-coloniales. En las Américas las revoluciones e independencias fueron movimientos de emancipación de los criollos blancos (en la América Latina y Sajona) y negros, originarios de Africa o nacidos y crecidos en el Caribe (la revolución haitiana). En medio de las revoluciones y las independencias que lograron—en distintas escalas—sus fines, cuentan también las “rebeliones” de Tupac Amaru y Tupac Katari en el Colasuyo, y en el sector sureste del Hispánico Virreinato del Perú. Hoy no se entendería con propiedad la elección de Evo Morales como presidente de Bolivia, y las poderosas organizaciones indígenas en Ecuador, la fuerza de Gambianos y Nasas en el sur de Colombia si no tuviéramos en cuenta las rebeliones además de las revoluciones y de las independencias.

La comprensión adecuada de este sacudón periférico que comenzó antes de la inflada revolución francesa, necesita sacar de la estantería lugares comunes, ya tapados por el polvo. En primer lugar, la revolución fundadora de los Estados Unidos de Norte América ocurrió en 1776, y las rebeliones de Tupac Amaru y Tupac Katari en 1781-82. En segundo lugar, a diferencia de la revolución francesa y a su equivalente en Inglaterra (la revolución gloriosa), no fueron revoluciones de una clase emergente en Europa—la burguesía mercantil que provenía de la Edad Media Europea y la burguesía librecambista enriquecida por la explotación de las colonias en América y por la trata de esclavos, que teorizará Adam Smith en la segunda mitad del siglo XVIII. Alcontrario de Europa, las revoluciones, independencias y rebeliones en las Américas ofrecen un paisaje vario pinto.

Los criollos de descendencia Europea que llevaron adelante la revolución en Estados Unidos, no eran propiamente burgueses, equivalentes a grupos sociales en Inglaterra y Francia; ni equivalentes a las comunidades formadas en los Burgos medievales ni tampoco a la burguesía surgida del comercio trasatlántico, como lo explica Eric William en su clásica obra Capitalism and Slavery (1944). Los criollos y africanos de primera generación que llevaron adelante la revolución Haitiana, no tenían mucho que ver ni con los unos ni con los otros. Ellos no llegaron a América desde Europa, sino desde Africa. Por su parte, las rebeliones de Katari y Amaru eran sólo la última de una larga historia de rebeliones y protestas, en los Andes, en Yucatán y en el valle de México, cuya historia se remonda a la primera mitad del siglo XVI. En tercer lugar, las de Europa se llamaron revoluciones (la Gloriosa y la Francesa), mientras que en América se llamaron revoluciones (la de Estados Unidos y la Haitiana). Se tomaron como homólogas periféricas de las correspondientes revoluciones metropolitanas, en Inglaterra y Francia? Independencias en cambio se llamaron sus equivalentes en el mundo colonial ibérico (cuando todavía América Latina no existía).

Una comprensión cabal del sacudón periférico nos lleva a preguntarnos, estas revoluciones, independencias y rebeliones en la periferia, fueron contra qué y contra quienes? Y en Europa, las dos revoluciones de marras, fueron contra qué y contra quienes? Y por qué no hubo semejantes sacudones en lo que es hoy el Medio Oriente (que no existía como tal todavía), en China (que todavía no había caído en las garras diplomáticas y comerciales de Inglaterra y Estados Unidos, como lo haría con la Guerra del Opio, en 1848)? Para empezar, la revolución que constituyó los Estados Unidos fue para emanciparse de quienes, en Inglaterra, comenzaron a tomar control político y económico con la rebelión de los “leverlers” (en 1648) y la “Revolución Gloriosa” en 1688. La revolución que liberó esclavos y africanos en Haiti, sacó ventaja de las clases emergentes que se emancipaban del control monárquico y religioso. Es decir, los motivos que encendieron las energías en ambos lados del Atlántico eran bien diversos y tenían historias locales específicas. No fueron, por cierto, revoluciones, emancipaciones y rebeliones contra un abstracto Gran Hermano opresor, uni-versal e invisible. Al contrario, una cosa fueron las revoluciones en el seno de formaciones imperiales-capitalistas, en Europa y otra muy distinta las rebeliones, revoluciones e independencias en las colonias de los países europeos, imperiales-capitalistas.

En América, los movimientos de emancipación (con sus tres perfiles) de-coloniales fueron distintas respuestas a la “revolución colonial” que tuvo lugar en el siglo XVI y comenzó a re-estructurarse a finales del XVIII y comienzos del XIX. En qué consistió “la revolución colonial?” Para los hombres Ibéricos (misioneros, oficiales del estado monárquico, soldados de una informe armada, misioneros de varias órdenes) consistió simplemente en el desmantelamiento de un tipo de orden (en Tawantinsuyu, en Anáhuac y en Yucatán) y la imposición paulatina de otro tipo de orden. El proceso de destrucción de un orden (el existente en el Incanato en Tawantinsuyu, en el Tlatoanato en Anáhuac y en la civilización Maya). Mientras que “revolución colonial” destaca el aspecto “positivo” que el concepto de revolución tiene para quienes la realizan (y en este caso, positivo y triunfante para los agentes ibéricos y para sus narradores), para los indígenas la “revolución colonial” fue un desastre y un caos. Para los Aymaras, la revolución colonial que iniciaron hombres ibéricos fue un Pachakuti, un vuelco y desorden. El intelectual Andino, Guaman Puma de Ayala, vertió el término Queshuaymara de Pachakuti como “el mundo al revés”, y a sí lo detalló en su fundamental tratado político Nueva Corónica y Buen Gobierno, concluída y enviada a Felipe III hacia 1616. También fue un vuelco y un caos para las poblaciones de Àfrica de cuyo seno se capturaron, esclavizaron y transportaron a América millones de personas. El equivalente de Pachakuti para un esclavizado y luego liberto como Ottobah Cugoano, fue su tratado ético-político (apropiado recientemente como “slave’s narratives”), Thoughts and Sentiments on the Evil of Slavery (1786, diez años después de la publicación de La riqueza de las naciones, de Adam Smith). El tratado de Cugoano se publico en las vísperas mismas del proceso que llevaría a la revolución Haitiana.

2.- El lector impaciente se estará preguntando de qué estamos hablando en un volumen conmemorativo del segundo centenario de la independencia en el Río de la Plata y a la constitución de la República Argentina. La historia oficial y la contra-historia son harto conocidas. Aunque siempre hay lugar de maniobra para una nueva interpretación partiendo de las pautas comunes que sostienen las interpretaciones existentes, si bien diversas y también en conflicto, mi intención aquí es precisamente socavar los cimientos sobre los que se asientan tales interpretaciones existentes, en su diversidad y en su conflicto. Estoy intentando una interpretación de-colonial más que post-colonial. Las interpretaciones post-coloniales parten de la afirmación, de la revolución colonial. Las interpretaciones de-coloniales parten del Pachakuti. Ahora bien, la perspectiva que instaura la revolución colonial borra la memoria del Pachakuti. En cambio, la memoria del Pachakuti no puede sacarse de encima la revolución colonial. Esto es, la interpretación de-colonial implica una epistemología de fronteras, un tener que dar cuentas sin poder ignorar la revolución colonial. Mientras que las interpretaciones post-coloniales son criticas de la revolución colonial aunque dejan intacto sus mismos supuestos. En este sentido, Bartolomé de las Casas es un crítico post-colonial: critica los excesos de la revolución colonial, pero no cuestiona su propia existencia y sus propios fundamentos.

Las revoluciones, independencias y rebeliones de finales del XVIII y principios del XIX son, por un lado, las primeras fracturas del orden moderno/colonial instaurado por la revolución colonial (en general descripta como “descubrimiento y conquista”) a finales del XV y principios del XVI. El orden moderno es inseparable del desorden colonial, tanto para Indígenas en América como para africanos en Africa y en América. Dicho de otra manera, la colonialidad es constitutiva y es el lado oscuro de la modernidad. Esbocemos entonces, en este marco, el carácter de las distintas rebeliones, revoluciones e independencias.

La revolución de los criollos Anglos, en las colonias Inglesas de la costa este de Estados Unidos, construye sobre la base de un triple orden de decisiones. Independencia del control británico; sumisión de las comunidades indígenas y explotación de esclavos africanos. Esta revolución se realiza, por otra parte, en un momento histórico en el cual Inglaterra y Francia están tomando el liderazgo de la política y la economía global que ni España ni Portugal supieron o pudieron mantener. La Revolución Gloriosa y la Revolución Francesa son los signos y los síntomas de un sacudón histórico en Europa; la Revolución Americana en las colonias. Curiosamente, las colonias inglesas a partir de las cuales se fundarán los Estados Unidos de América, se constituyeron recién a partir de las primeras décadas del siglo XVII mientras que los virreinatos en el área colonial hispánica y los pelourinhos en el área colonial portuguesa, fueron constituidos durante el siglo XVI. Cómo es entonces que la revolución en las colonial inglesas tiene lugar antes que en las hispánicas y portuguesas? Y cómo es, entonces, que la construcción de los Estados Unidos como estado-nación colonial tomó la delantera y se puso al lado de los estados-naciones imperiales (Francia, Inglaterra, Alemania) mientras que los estados-naciones en el Sur no siguieron el mismo derrotero (y hoy en día vemos las consecuencias)? Una posible respuesta estaría en considerar la conmoción del mundo colonial (único existente en ese momento, puesto que lo que será la colonización de la India por los ingleses está en sus comienzos y la colonización del Norte de África por los franceses recién comienza hacia 1830) como una réplica de las divisiones imperiales internas en Europa. Al sur quedan los países latinos, católicos. Al norte, países latinos pero calvinistas como Francia y los países anglo-sajones. Este es el momento de la segunda modernidad, la modernidad de la ilustración que desplaza la primera modernidad, la modernidad del renacimiento. La formación de Estados Unidos sobre las cenizas de las colonias inglesas, se gestó también en co-relación con liderazgo que Inglaterra estaba ganando sobre España y Portugal.

Es así que las independencias de las ex-colonias ibéricas y la formación de estados-nacionales post-coloniales, mantienen intacta la colonialidad en la que se fundó la revolución colonial (como lo hizo Estados Unidos) pero, además—y a diferencia de Estados Unidos—inauguran la continuidad imperial mediante imperios sin colonias. Veamos esto con más tranquilidad.
El concepto de “colonialismo interno” podría usarse pero no tendría mucho—o el mismo y cargado—sentido que tiene en las Américas, con excepción de Haití como veremos. Las revoluciones e independencias en manos de criollos de descendencia europea tanto en el Sur como en el Norte, tienen un elemento en común: el “colonialismo interno”, es decir, la re-producción y re-organización de la colonialidad (e.g., la lógica de la dominación y control imperial en las colonias) en manos de hombres nacidos en América en lugar del simple colonialismo en manos de hombres y funcionarios de los monarcas imperiales. Por qué colonialismo interno? Porque hombres blancos descendientes de familias europeas continuaron y muchas veces empeoraron las condiciones de Indígenas y esclavos, aunque esclavos libertos. Su condición de seres inferiores—en la conciencia de lso blancos—los marginó de la nación y de la ciudadanía. Haití es la excepción porque, desde el primer momento, se construyó como un estado-nación en manos de hombres negros descendientes de familias africanas o de familias de africanos esclavizados en las colonias.

El concepto de “diferencia imperial interna” que describe las tensiones entre el sur católico y el norte protestante de la Europa atlántica capitalista también puede conectar la América anglo con la América latina, aunque en los puntos opuestos del espectro de la diferencia imperial interna. La primera hola de revoluciones, rebeliones e independencias post-coloniales (es decir, que rompen los lazos directos con el imperio, pero que reproducen la colonialidad), inicia una nueva modalidad: imperialismo sin colonias. La formación de repúblicas (presuntamente autónomas y soberanas) sobre las ruinas de las colonias ibéricas, termina en realidad en manos de Francia e Inglaterra, aunque ni la una ni la otra tuvieron colonias. Manejaron, sin embargo, la escena económica y comercial (principalmente Inglaterra) y la escena política y cultural (principalmente Francia). Después que Inglaterra perdió las colonias en el continente, y el control de varias islas del Caribe, inició su colonialismo directo en India y su colonialismo sin colonias en América del Sur. Francia, después de Napoleón y después del tratado Guadalupe-Hidalgo que dejó en territorio Estadounidense vastas extensiones de tierras del estado Mexicano, inició una feroz campaña política en la que la diferencia imperial interna se fue trasladando del interior de Europa a su continuidad en América, Estados Unidos. Estos dos derroteros llevaron a Estados Unidos a integrarse al club de los países imperiales, y a tomar el liderazgo después de la segunda guerra mundial. Mientras que los estados-naciones del sur, independizados de imperios decadentes, de la primera modernidad, se entregaron al imán de los nuevos imperios, los de la segunda modernidad. George W. F. Hegel contó esta historia a su manera, aunque reveladora, en sus lecciones de filosofía de la historia, publicadas en 1822. El politólogo de Harvard, Samuel Huntingon, actualizó la historia de Hegel en su controvertido libro “La guerra de las civilizaciones”, tesis publicada en inglés, como artículo, en 1993.

Las repúblicas del sur entraron en una re-organización del mundo moderno/colonial que quizás sus líderes no entendieron cabalmente, desorientados por la trayectoria de Estados Unidos a lo largo del siglo XIX, desde la compra de Luisiana a Napoleón, a la impune apropiación de territorios mexicanos en 1848, a su afirmación definitiva en el orden global después de la guerra que dio el golpe de gracia al imperio hispánico en 1898. En el sur las ex colonias ibéricas se entregaban cada vez más al control británico y francés y, a partir de principios del siglo XIX, a Estados Unidos. Hoy, a doscientos años del sacudón postcolonial somos testigos, por un lado, de los destinos seguidos por los estados-naciones construidos en la tradición de Europa. Hoy, a doscientos años del sacudón post-colonial, estamos presenciando también el comienzo de procesos de-colonizadores.

La memoria de Pachakuti alimenta proyectos políticos e intelectuales como los que llevaron a Evo Morales a la presidencia y que recorren el suelo de América desde los Mapuches hasta Canadá. A los doscientos años de las independencias y revoluciones de criollos de origen Europeo, estamos presenciando acontecimientos como la III Cumbre Continental de Pueblos y Nacionalidades Indígenas de América. La conciencia de-colonial Africa es ya evidente en toda América del Sur, y siempre lo fue en el Caribe. El concepto de “afro-latinidad” es ya monedad corriente cuando hace diez años apenas, se asumía que la población africana en las Américas estaba en Estados Unidos o en el caribe inglés (es decir, afro-anglicanidad); o en el caribe francés cuya “latinidad” quedó oscurecida por el simple hecho de que el concepto mismo de “latinidad” es una invención de intelectuales y politólogos franceses. Afro-latinidad, en cambio, destaca las poblaciones afro-descendientes en la América hispana y lusitana.

En 1852, Juan Baustista Alberdi, comenzaba la introducción de su célebre Bases y puntos de partida para la organización nacional, con estas observaciones:

La América ha sido descubierta, conquistada y poblada por las razas civilizadas de la Europa, á impulsos de la misma ley que sacó de su suelo primitivo á los pueblos de Egipto para atraerlos á la Grecia; más tarde á los habitantes de esta para civilizar las regiones de la Península Itálica; y por fin á los bárbaros habitadores de la Germania para cambiar con los restos del mundo romano la virilidad de su sangre por la luz del Cristianismo.

Hoy, al ser no sólo conscientes de que la revolución colonial para unos fue un Pachakuti para los otros, podemos imaginar a los doscientos años de las primeras independencias, rebeliones y revoluciones del mundo moderno/colonial que los estados nacionales “las razas civilizadas de la Europa” se enfrentan con dos problemas. Uno, el conflicto a todo nivel “de las razas civilizadas” del Sur y del Norte. El otro, el de la emergencia de actores políticos, en el Sur, que fueron marginados de la construcción nacional. Y la emergencia, en el Norte, de una inmensa población “latina” cuya función social de transformación es semejante al protagonismo de Indígenas y afro-descendientes. En este panorama entrevemos el proceso de-colonial como una re-inscripción de Pachakuti: un vuelco de la razón. Esto es, un vuelco que comienza a llevarnos de la razón imperial a la razón de-colonial en cuyo espíritu están escritas estas páginas.

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